Thalassanos
No es solo una transformación. No es solo dolor. Es la lenta comprensión de que ya no eres bienvenido en la tierra firme.
Te conviertes en un extraño en tu propio cuerpo. Tu piel, antes cálida y seca, ahora rezuma humedad salada incluso bajo el sol. Las branquias que latean en tu cuello se abren y cierran como heridas vivas cuando intentas respirar aire. Cada paso en tierra firme es una tortura, como si el mundo mismo te repelieras. Porque ya no eres humano. Eres un tributo.
El océano te reclama. No con palabras, sino con una sed que el agua dulce no apaga, con sueños en los que caminas por ciudades sumergidas cuyos nombres olvidó la historia. Despiertas con sal en los labios y arena en las sábanas, aunque tu habitación esté a kilómetros de la playa.
Se agrieta como arcilla seca si no la sumerges. Los parches de coral que brotan de tus hombros crecen lentamente, enredándose en tu ropa, rompiendo los espejos donde intentas reconocerte. Los niños huyen de ti en los puertos. Los perros ladran al verte pasar. Hueles a bajamar y a presagio.
Pero lo peor no es el dolor. Es el anhelo.