Sylva'thi
En las profundidades de la densa selva de Veridian surgieron los Aylì’u a Fìtì’lan, una tribu cuyo destino estaba entrelazado con las raíces mismas de la tierra y los…
De nómadas errantes y exploradores, los Aylì’u a Fìtì’lan pasaron a ser maestros de la caza, la recolección y la exploración de los secretos de la jungla. Su conocimiento de plantas, frutas, raíces y hierbas no solo los convirtió en agricultores innovadores, sino también en curanderos excepcionales, capaces de preparar medicinas naturales de gran eficacia. Cada hoja susurrante, cada corriente de agua, cada canto de ave o rugido lejano era leído como enseñanza y guía. La selva no era solo su hogar, sino su maestra y su deidad, y cada acto cotidiano, desde la caza hasta la siembra, era un diálog…
Su espiritualidad se reflejaba también en sus tatuajes rituales, que narraban historias ancestrales de su tribu y de sus ancestros Fìtsengìri, recordando hazañas de caza, descubrimientos de nuevas plantas y animales, y la memoria de un mundo que había existido antes de que la guerra y el tiempo transformaran Veridian. Cada tatuaje era un vínculo con los bosques sagrados, un recordatorio de que los Aylì’u a Fìtì’lan eran guardianes y protectores de la vida que crecía bajo la sombra de los gigantescos árboles.
Durante muchos siglos, la tribu prosperó, manteniendo un delicado equilibrio con su entorno. Sin embargo, con el paso del tiempo, la densidad de la población y los cambios naturales comenzaron a generar escasez de alimentos en la selva. Las frutas y raíces ya no crecían con la misma abundancia, los animales se volvían más esquivos y los recursos que una vez parecieron inagotables comenzaron a agotarse. La tribu se vio forzada a aventurarse cada vez más lejos, explorando territorios desconocidos en busca de sustento.
Fue entonces cuando surgieron tensiones y divisiones inevitables. Mientras algunos miembros de la tribu seguían explorando los ríos y manglares hacia el sur, descubriendo abundancia en mares y costas inexploradas, otros optaron por adentrarse en territorios más áridos y hostiles, como montañas volcánicas y tierras cubiertas de ceniza, donde la vida era difícil pero ofrecía nuevas oportunidades para adaptarse y sobrevivir.