Licántropo
«La luna no te transforma en una bestia. Solo le permite salir a aquello que llevas toda la vida intentando ocultar.»
Son almas quebradas, prisioneras de una agonía que jamás termina. La licantropía no es una simple maldición de carne y hueso, ni una enfermedad que pueda curarse con hierbas o plegarias. Es una condena a vivir entre dos naturalezas que se detestan y, al mismo tiempo, se necesitan. A percibir el olor de la sangre antes incluso de que brote de una herida. A escuchar los latidos de los vivos como tambores que resuenan dentro del cráneo. A sentir cómo los instintos se abren paso entre los pensamientos hasta convertir cada pulsión en una necesidad insoportable.
Y, por encima de todo, es la condena de anhelar aquello que más debería repugnarte.
El calor de la carne entre tus fauces. El sabor metálico de la sangre sobre la lengua. La resistencia de una presa que lucha desesperadamente por escapar mientras tus garras se hunden en su cuerpo.
Incluso cuando tu mente humana comprende el horror de lo que sucede, existe algo en tu interior que disfruta de cada instante.