Etéreos

«Puedes arrebatarle al mundo cuanto desees. Pero nunca recuperarás aquello que te convirtió en alguien.»

No son sombras. No son espectros ni demonios nacidos de las pesadillas de los hombres. Son algo mucho más triste y, a su manera, mucho más terrible: lo que permanece cuando la codicia sobrevive a la carne, cuando el deseo de poseer se vuelve más fuerte que la propia muerte y un alma, incapaz de aceptar su final, se aferra desesperadamente a la existencia hasta desgarrarse por completo.

El cuerpo desaparece. La vida se extingue. Pero la voluntad permanece, rota en mil fragmentos, incapaz de comprender que ya no tiene nada que perder.

Antes fueron alguien. Un ladrón que exhaló su último aliento rodeado de joyas malditas, incapaz de soltar siquiera una de ellas. Un hechicero que sacrificó cuanto poseía en busca del secreto de la eternidad, solo para descubrir demasiado tarde que la inmortalidad podía adoptar formas mucho más crueles de lo que había imaginado. Un noble que acumuló riquezas durante toda su vida, temiendo que la pobreza le arrebatara aquello que creía merecer. Un hombre que confundió el amor con la posesión y prefirió perder su humanidad antes que aceptar que alguien pudiera abandonarlo.

Ahora vagan sin cuerpo, convertidos en jirones de voluntad suspendidos entre la vida y la muerte. Sus siluetas apenas conservan la forma de aquello que fueron: contornos translúcidos envueltos en una luminiscencia azulada, cuerpos incompletos que se deshacen en jirones de energía y rostros que parecen ocultar sus facciones tras un velo de niebla. Allí donde deberían existir carne y huesos solo queda una ausencia, una figura incompleta que se arrastra por el mundo como si todavía buscara recuperar el peso de su propia existencia.