Ahogados

No es una simple transformación. Tampoco es solo dolor. Es el lento y aterrador descubrimiento de que la tierra firme ya no es tu hogar, de que el mundo al que…

Te conviertes en un extraño dentro de tu propia piel. Aquella carne cálida y seca que una vez reconociste como tuya permanece ahora perpetuamente húmeda, impregnada de una sal que ni el sol ni el viento consiguen borrar. Las branquias de tu cuello se abren y se contraen, palpitando como heridas que jamás terminan de cerrar, mientras tus pulmones se rebelan contra el aire que antes te daba vida. Cada paso sobre la tierra se vuelve una agonía. Cada bocanada de aire, una lucha. No porque estés muriendo, sino porque tu cuerpo ha comenzado a olvidar cómo vivir lejos del agua.

El océano te reclama sin pronunciar una sola palabra. Lo hace mediante una sed insaciable que ninguna fuente de agua dulce consigue aplacar, mediante sueños de ciudades sumergidas cuyos nombres fueron borrados de la historia mucho antes de que nacieran tus antepasados. Sueñas con torres cubiertas de coral, con templos sepultados bajo kilómetros de agua y con sombras que se deslizan entre sus ruinas, aguardando tu llegada.

Despiertas con sal en los labios, arena entre las sábanas y el sabor de las profundidades adherido a la lengua, aunque te encuentres a cientos de kilómetros de la costa.

Al principio, intentas ignorarlo. Te convences de que todo tiene una explicación, de que todavía eres dueño de tu cuerpo y de que basta con resistir un poco más.