Bardo
Los Bardos no son simples trovadores ni músicos que recorren los caminos en busca de unas monedas.
La música de un Bardo puede inspirar valor allí donde solo existía miedo, despertar fuerzas ocultas en sus aliados o envolver a sus compañeros en una resonancia protectora. Del mismo modo, una melodía cuidadosamente ejecutada puede quebrar la concentración de un enemigo, sembrar confusión en su mente o convertir una simple disonancia en una descarga capaz de herirlo. Cada instrumento se convierte así en una extensión de su voluntad.
Sin embargo, este poder no siempre es fácil de controlar. La magia bardica responde tanto a la técnica como a las emociones de quien la ejecuta. La pasión, la ira, la alegría, el miedo o incluso la desesperación pueden alterar una interpretación y llevarla mucho más allá de lo previsto. Una canción destinada a fortalecer a un grupo puede desatar una energía incontrolable; una melodía de guerra puede alimentar el frenesí hasta hacer difícil distinguir entre aliado y enemigo.
Por ello, el verdadero dominio del Bardo no reside únicamente en conocer cientos de canciones o tocar un instrumento con maestría. Debe aprender a dominarse a sí mismo. La armonía requiere control, mientras que el caos nace cuando las emociones toman el control de la melodía. Entre ambos extremos existe un delicado equilibrio que solo los bardos más experimentados consiguen alcanzar.
Un Bardo puede ser el corazón de un grupo, levantando la moral de sus compañeros cuando todo parece perdido, o convertirse en una amenaza capaz de convertir un campo de batalla en un escenario de destrucción. Su mayor arma no es una espada ni un bastón, sino su capacidad para hacer que otros sientan, recuerden y reaccionen.